domingo, 25 de febrero de 2007

Crónicas de Panamá: El Dolar Maldito

Escalando un monte que no recuerdo, en una isla que no recuerdo el nombre, atravezando el camino de las tres cruces, bautizado así por una historia a la cual no le presté atención, me perdí en la selva, probablemente por haber estado tan distraído todo el día no sabía ni para donde tenía que ir. Lo que sí estaba seguro era que en la cima del monte había un mirador desde el cual se podía sacar una foto panorámica del horizonte, así que concluí que lo mejor sería tratar de ir siempre hacia arriba y, una vez en el mirador ocuparme de bajar por el camino hasta la civilización.
Después de unos 25 minutos de esquivar telarañas y víboras, las cuales no me ocupé de averiguar si eran venenosas, aunque después me enteré en la charla que nos habían contado que eran no solo venenosas, sino mortalmente venenosas; llegué a una especie de camino de tierra con dos hileras de cemento, a suficiente distancia como para que un carro pueda apoyar sus ruedas. Mi deducción de éste descubrimiento fue que me abía topado con la vía de acceso al mirador por auto para los que no pueden subirlo a pie y pagan para que los suban en algún transporte propio de la isla. Así que empecé a escalar el camino.
El sol me pegaba en la frente y en los brazos desnudos que revelaban mi musculosa, el sudor se esparcía por mi espalda y empezaba a perder las fuerzas, sin una nube en el cielo que se apiadara de mi condición de deshidratación y se interpusiece entre mi persona y el cruel astro dorado. Armado de valor llegué al mirador. una estructura casi militar, de concreto y alambre, gris y azul oscuro, bastante frío para un sitio pseudo turítico pensé.
Después de dar un par de vueltas a la estructura, que un poco por el sol, un poco por mis problemas con las autoridades veía ahora como un gigante erigido sobre la cima de la montaña, riéndose de mi infortunio. Al dar la segunda vuelta al gigante me topé con otro personaje, un obrero panameño, sucio, desprolijo, sin los dientes de adelante, con un pantalón manchado de alquitrán y una gorra del mundial del 90. Temblé.
-Oie amigo pareces sediento, quieres un poco de agua?- me preguntó el ahora mi mejor amigo- Debes hidratarte en éste camino o podrías morir.
Nunca me había pasado que a alguien que recién conociera se refiriera a mi muerte en la segunda oración que me dirigiera pero dado que me moría de sed acepté la invitación.
El personaje en cuestión resultó ser el dueño del gigante, que me comentó que no era el mirador en donde me encontraba sino en el radar militar de la isla, construído por los yanquis en la época de la guerra fria y conservado por los panameños para los intereses de la isla. Me ofreció una botella de agua potable y me invitó a treparme a la cima del radar a sacar una foto panorámica que según el era mejor que la foto que se pudiera tomar del mirador, tomé mi foto, comí bananos pequeños y acepté la invitaciñon del extrañ de llevarme en su camioneta hasta el pueblo.
En el camino charlamos de un sin fin de cuestiones, me contó su teoría de que como en Panamá la moneda que se maneja es el dolar, los panameños se habían vuelto flojos y viciosos por compartr el papel moneda gringo, profetizó que el imperio del norte caería como todos los imperios en la historia y demostró su agrado hacie Hugo Chavez, una fuente de sabiduría mayor a la de cualquier lugar turístico.

Cuando vuelva subo las fotos.

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